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Blanca Varela
Lima, 1926 - 2009

 

Nació el 10 de agosto de 1926 en el Cercado de Lima. Hija de Ermelinda Gonzales Castro y de Alberto Varela Orbegoso, creció en el barrio de Santa Beatriz y durante su etapa escolar estudió en el Colegio Antonio Raimondi y en la Institución Educativa Emblemática Rosa de Santa María. Posteriormente Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a estudiar Letras y Educación. Entre el barrio y la universidad conoció a intelectuales de su generación, entre ellos Sebastian Salazar Bondy, Raúl Deustua, Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, César Moro, Francisco Bendezú, Corpus Barga, Judith y Emilio Adolfo Westphalen, Fernando de Szyszlo, José María Arguedas, Julia Codesido, entre otros, y con algunos de ellos solía pasar vacaciones en la casa de las hermanas Bustamante en Puerto Supe.

A los 23 años contrajo matrimonio con el pintor Fernando de Szyszlo, con quien tuvo dos hijos: Vicente y Lorenzo. El mismo día de la ceremonia, ambos partieron hacia Europa en el barco Reina de Pacífico. Vivieron en París en donde conocieron a Octavio Paz, quien se interesó por los poemas de Blanca Varela publicados en Las Moradas. A esa amistad se sumaron Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Rufino Tamayo entre otros intelectuales y artistas de la época.

En el año 1959 visitó México donde publicó su primer libro de poesía Ese puerto existe, editado con la Universidad Veracruzana con el prólogo de Octavio Paz. Luego de visitar varios países de Europa y vivir un tiempo en Estados Unidos, retornó al Perú en el año 1962. Así las cosas, Varela participó en un programa de televisión recomendando películas y libros; también colaboró para el diario La Prensa. En 1964 se publicó su segundo libro Luz de día bajo el sello editorial Rama Florida.

Entre los años 1963 y 1965 se dedicó a la traducción y al periodismo cultural para las revistas Oiga y Caretas. Posteriormente integró el comité de redacción de la revista Amaru, de Emilio Adolfo Westphalen. En el año 1972, el Instituto Nacional de Cultura publicó su tercer poemario Valses y otras falsas confesiones. Luego vino la edición del cuarto poemario Canto Villano, el año 1978. Por esos años trabajó en el Fondo de Cultura Económica, donde impulsó las colecciones “Piedra del Sol” y “Encuentros”, y logró publicar bajo este sello a escritores peruanos como Luis Loayza, Anibal Quijano, Felipe Guamán Poma de Ayala, Pilar Dughi, Ana María Gazzolo, Carmen Ollé, Doris Morimisato, Marcela Robles, Rocio Silva-Santisteban, Alberto Flores Galindo, Marío Vargas Llosa y José María Arguedas.

En los años noventa, luego de publicar Ejercicios materiales (1993), Concierto animal (1999) y varias antología de su obra, además de participar en recitales y jurados de poesía fuera del país, comenzaron los reconocimientos a su trayectoria literaria como el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en México, la distinción con el grado de Chevalier de L’ordre des Arts et des Lettres del Ministerio de Cultura y Comunicaciones de Francia o el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2007) otorgado por la Universidad de Salamanca y el Patrimonio Nacional de España, entre otros importantes premios. Falleció el año 2009 en su departamento de Barranco, en Lima.

Tomado de: Valverde Oliveros, Jorge. (2020). Entrevistas a Blanca Varela. Lima: Cooperación Española; Isegoria.

Sobre el autor
El diálogo desesperado de Blanca Varela
Giovanna Pollarolo

Primero fue Este puerto existe. La bella y joven poeta Blanca Varela acababa de casarse con el pintor Fernando De Szyszlo y emprendieron el viaje mítico a París. Eran entonces, lo han dicho ella misma, “jóvenes provincianos, atemorizados por las luces de la gran ciudad”. Llegaron “muy desconcertados, con más ilusiones que dinero”; buscaban “a través del arte, de la poesía, una nueva manera de ser y de estar en ese mundo “moderno” [en el] que teníamos que aprender a vivir”. Era el París de la posguerra, lleno de privaciones pero también lleno de luces. Allí la joven pareja conoció a Octavio Paz: “Sin exageración, Paz fue nuestro Virgilio en esa selva infernal y celeste a la vez que era el París de entonces”. Los vínculo con artistas latinoamericanos: Julio Cortázar, el poeta Carlos Martínez Rivas, entre otros. “Octavio también nos llevó hasta las márgenes de otro río, que no era el Sena, que parecía adormecido, pero donde rugía, mágico, como siempre el surrealismo”. Primero con De Szyszlo y luego sola, Blanca permanece en París casi una década: conoció a André Breton, a Jean Paul Sartre, a Simone de Beauvoir, a Michaux, a Giacometti, a Léger. “Fue una época feliz y desgraciada a la vez. Fue duro ese aprendizaje de vida, en que tratamos de convertirnos en personas, en seres reales”. Fue, en definitiva, el tiempo y el lugar donde Blanca Varela escogió a la poesía como su “inevitable y doloroso oficio”.

Y justamente fue Octavio Paz quien en 1959, diez años después de iniciada la experiencia parisina, le hizo el “mejor regalo que he recibido”. Le pidió sus poemas y los publicó con el título Este puerto existe y otros poemas (Xalapa, Universidad Veracruzana, 1959). Originalmente se iba a llamar Puerto Supe, el nombre de la playa de la costa norte del Perú donde Blanca pasó algunos veranos de su infancia; también otros, en la pequeña casita de playa que habitaban José María Arguedas y las hermanas Bustamante. Octavio Paz le dijo que era un título muy feo. Blanca le replicó: “Pero Octavio, ese puerto existe” y él le contestó: “Ese es el título”. Así fue como salió a la luz “el canto solitario de una muchacha peruana” como calificó Paz la poesía de Blanca Varela en el prólogo que escribió “para mi sorpresa, sin que yo se lo hubiera pedido”.

Blanca retorna al Perú, luego vive un tiempo en Washington, en Ithaca (Nueva York) y finalmente se instala en Lima. En 1963 publica Luz de día; en 1971, Valses y otras falsas confesiones; Canto villano en 1978. Todos en pequeñas ediciones, siempre por la insistencia de amigos que casi la obligaban a entregar sus textos. Aprendió, de sus maestros César Moro y Emilio Adolfo Westphalen “que el silencio también alimenta la poesía”.

El Fondo de Cultura Económica (México) reúne en 1986 bajo el título de Canto Villano todos los poemarios que se encontraban dispersos; y en 1996 aparece una reedición ampliada con dos nuevos libros que la poeta había escrito: Ejercicios materiales y El Libro de Barro. Concierto animal se publica en el Perú en 1999 y en el año 2000, el Círculo de Lectores edita Donde todo termina abre las alas, que incluye todos los libros y que cierra con El falso teclado, la serie más reciente de poemas, hasta entonces inédita.

Tomado de: Varela, Blanca. (2005). El libro de barro y otros poemas. Lima: Instituto Nacional de Cultura.

Publicaciones
Ese puerto existe. Prólogo de Octavio Paz
México: Universidad Veracruzana, 1959
Luz de día
Lima: La Rama Florida, 1963
Valses y otras falsas confesiones
Lima: INC, 1972
Ejercicios materiales
Lima: Jaime Campodónico, 1993
El libro de barro
Madrid: Tapir, 1993
Concierto animal
Valencia: Pre- Textos, 1999
El falso teclado
Incluido primero en Donde nada termina abre las alas y luego editado por Casa de la Literatura Peruana (2016)
Canto villano: poesía reunida, 1949-1983. Prólogo de Roberto Paoli
México: FCE, 1978
Camino a Babel. Prólogo de Javier Sologuren
Lima: Municipalidad de Lima, 1986
Canto villano: poesía reunida, 1949-1994. Prólogos de Roberto Paoli, Octavio Paz y Adolfo Castañón
México: FCE, 1996
Donde todo termina abre las alas. Poesía reunida (1949-2000). Prólogo de Adolfo Castañón y epílogo de Antonio Gamoneda
Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores
Poesía reunida, 1949 - 2000. Epílogos de Ana María Gazzolo y Giovanna Pollarolo
Lima: Casa de cuervos y Sur Librería anticuaria
Poemas
Puerto Supe
A J.B.

Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,
nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!

Allí destruyo con brillantes piedras
la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro escapa
y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación, un mismo tiempo
de chorreantes dedos y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.

Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre
ciego pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta
entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía,
el que no quiere ver la noche.

Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente en donde lloro a solas.

Curriculum vitae

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora

Casa de cuervos

porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío

no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo

tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes

ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie

aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos

porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo

así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver

Ternera acosada por tábanos

podría describirla
¿tenía nariz ojos boca oídos?
¿tenía pies cabeza?
¿tenía extremidades?

sólo recuerdo al animal más tierno
llevando a cuestas
como otra piel
aquel halo de sucia luz

voraces aladas
sedientas bestezuelas
infamantes ángeles zumbadores
la perseguían

era la tierra ajena y la carne de nadie

tras la legaña
me deslumbró el milagro mortecino
la víspera el instinto la mirada
el sol nonato

¿era una niña un animal una idea?

ah señor
qué horrible dolor en los ojos
qué agua amarga en la boca
de aquel intolerable mediodía
en que más rápida más lenta
más antigua y oscura que la muerte
a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida

La muerte se escribe sola

La muerte se escribe sola
una raya negra es una raya blanca
el sol es un agujero en el cielo
la plenitud del ojo
fatigado cabrío
aprender a ver en el doblez

entresaca espulga trilla
estrella casa alga
madre madera mar
se escriben solos
en el hollín de la almohada

trozo de pan en el zaguán
abre la puerta
baja la escalera
el corazón se deshoja

la pobre niña sigue encerrada
en la torre de granizo
el oro el violeta el azul
enrejados

no se borran

no se borran

no se borran

Nadie nos dice

Nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa

sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta

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